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Hemeroteca de Nino Bravo
Prensa Española, 199?
Nino
Bravo, el cantante que
se
convirtió en leyenda
Llegó a la canción cuando triunfaban los cantantes de
voz potente que lanzaban las notas a manera de bocinazos
melódicos. Nino Bravo (Aielo de Malferit, 1944) tuvo en Tom
Jones, el minero galés, famoso por sus estallidos de
bragueta, su cantante-mesita de noche. Canciones de la
primera etapa, Voy buscando o Tú cambiarás,
son deudoras del intérprete de Delilah y It's not
unusual. La oportunidad le llegaría con una canción
escrita por Rafael de León que había pasado por diferentes
vicisitudes argumentales, y que Augusto Algueró puso al día
con un tratamiento épico. Una letra hiper-romántica a punto
de pasarse de rosca y una melodía lujosamente orquestada
hicieron de Te quiero te quiero una de las canciones
sorpresa de 1970, en medio de la pachanga veraniega de Los
Diablos y el desembarco de Víctor Manuel como heredero serratiano.
Y Nino Bravo, -Luis Manuel Ferri era su verdadero nombre-,
que había luchado por encontrar su lugar en el sol,
se convirtió en un cantante popular mientras su nombre
aparecía en las listas de éxitos y las revistas musicales.
Los laboriosos José Luis Armenteros y Pablo Herrero,
dedicados a fabricar canciones a go-gó para toda clase de
artistas, se encargaron de sus composiciones. Nino encontró
en ellos sus mejores temas, Un beso y una flor, Libre,
América América, etecé. A pesar de su éxito,
no consiguió colocarse mientras vivió en esa primera línea
de triunfadores mimados por los medios de comunicación.
Seguramente porque Nino resultaba demasiado normal para un
país que vivía morbosamente las aventuras sentimentales de
Serrat y Marisol, -el secreto mejor guardado de la prensa
del corazón-, o los fastos de la boda veneciana de Raphael
y Natalia Figueroa. Intentó la aventura eurovisiva como
pasaporte para la gloria, aunque se quedó en la línea de
salida. Otra vez pesó su "normalidad", aunque todo el mundo
alabara su capacidad vocálica. Un buen día, como otros, pasó
a mejor vida por culpa de un desgraciado accidente. El país
cayó en la cuenta que perdía una de sus mejores voces,
irrepetible; y se dispuso con el tiempo a olvidarlo. Pero la
diosa fortuna y el productor Julián Ruiz quisieron que los
avances tecnológicos nos lo devolviera décadas después como
un nuevo Cid Campeador de los tiempos del disco
compacto, puesto al día y junto a otros cantantes dispuestos
a servirle de sparring. Todo valía con tal de exprimir la
naranja de oro. Y además sus canciones se habían convertido
en un filón musical. Reinaba en los karaokes televisivos,
siendo un modelo para todo joven aspirante dispuesto a
lanzarse a la fama. Los aniversarios de su muerte servían
para alimentar programas necrofílicos. Su última hazaña
ha llegado con la interpretación a dúo de una canción con su
hija. La leyenda continúa.
Carles Gámez
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