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De
Manolito a Nino Bravo -
Boro
Aranda
Recuerdo que fue a primeros de septiembre de 1961. Pronto
finalizaría el verano. El grupo de amigos que formábamos la
panda nos juntábamos después de cenar para charlar y
contarnos algunas de las conquistas que habíamos logrado con
esfuerzo. Nos reuníamos en plena calle, sentados en el suel o
sobre un largo y estrecho escalón de piedra, sin importarnos
lo oscurecido y sucio que estaba. Con 16 o 17 años, nuestras
prioridades a esas horas de la calurosa noche eran otras. No
nos apetecía la diversión callejera de algunos chicos más
mayores que intentaban golpear con largas cañas a los
murciélagos, o ratas penás, que aparecían al
anochecer. El chaflán que formaban las calles de Visitación
y Ruaya, muy cerca de la casa donde naciera otra gran diva
de la copla o canción española, Concha Piquer, era un lugar
sencillamente extraordinario.
Frente a nosotros se extendía la plaza formada por las dos
calles, a la que, no sé por qué razón, todos llamábamos
la replaza, configurada por edificios de viviendas y
unas cuantas industrias que hoy no hubieran podido
instalarse por insalubres y ruidosas. La fábrica de
conservas Badía, la carpintería de los Lucía, o el taller de
mármoles Aranda –de mi padre-, caracterizaban la realidad
del barrio. El centro de estudios, o mejor dicho, la
Academia Sornosa, era una de aquellas empresas, nada molesta
y poco peligrosa, pero la más carismática de la zona.
Frecuentemente martirizábamos a su propietario y director
con bromas pesadas y apodos inspirados, quedando su
establecimiento docente bautizado para la posteridad como la
academia del Tío Cebolleta. En aquellos lugares
aprendimos a patinar, a jugar al fútbol, a pelearnos, a todo
menos a estudiar.
Entre los recuerdos de aquellos días que vienen a mi memoria
hay uno significativo y difícil de olvidar. En la replaza,
durante las fiestas de fallas se instalaba un modesto
tablado de madera donde una orquesta capitaneada por el
bueno de Garrote, trompetista de la misma y dueño de
la peluquería / barbería de la zona, nos invitaba a mover el
esqueleto, a bailar con la chica que nos gustaba o,
simplemente, a disfrutar de la habilidad y carácter con que
tocaba el instrumento.
Vuelvo a evocar a mis amigos de los anocheceres en aquel
verano. Allí están Luis Manuel Ferri –al que a partir de
ahora llamaré Manolito-, Colubi, Paquichi, Malmierca,
Vicente, Nazario, Paquito Ramón, Arturo, Villora, etc.
Hablamos de asuntos actuales y trascendentes –o sea de
chicas-; alguno se pone a canturrear, y al momento le sigue
otro, y otro… La verdad es que lo hacemos mal, sin orden y
bastante desafinados. Afortunadamente, siempre algún amigo
más sensato nos recuerda a las 10 que las ventanas de las
casas están abiertas por el calor de la noche. Es razón
suficiente para dejar tan desagradable concierto y reanudar
la conversación que habíamos interrumpido con los coros.
De pronto, sin esperarlo ninguno de nosotros y
sorprendiéndonos por lo insólito, comienza a cantar una
melodía de moda el más calladito, el más serio y formal de
todos, nada menos que Manolito.
-¿Será posible…? ¡Está cantando él…!
Dejamos de hablar para escuchar cómo interpreta Ciao,
ciao, bambina –de Domenico Modugno-, y poco a poco nos
vamos quedando boquiabiertos al descubrir que no sólo sabe
cantar, es que canta pero que muy bien y con un asombroso
chorro de voz.
-¡Manolito canta! – Y cómo canta…
-¡Joder, es que canta pero que muy bien…!
Ha dejado la timidez a un lado. Al finalizar le pedimos
otra…, y nos deleita con Libero –también de Modugno-, hasta
que se hace la hora de retirarnos, muy a regañadientes, a
nuestras casas a descansar porque al día siguiente tenemos
que ir a trabajar o a estudiar… ¡Qué remedio!
Durante los minutos que estuvo cantando, creo acertar cuando
pienso que nosotros no fuimos los únicos que le escuchamos.
Posiblemente otras personas de más edad que la nuestra,
desde los balcones o ventanas de sus viviendas, habrían
permanecido muy atentos a las canciones que Manolito
interpretaba a capella. Causaba un placer natural.
Disfrutábamos al escuchar una voz que no sólo apuntaba muy
buenas maneras entonces, sino que ya era una realidad
excelente.
-¡Canta de puta madre…!
Aquellas citas al atardecer se sucedían casi todos los días.
No siempre estábamos los mismos porque ciertas ocupaciones
de algunos impedían estas concentraciones de amigos. Pero
cuando faltaban unos, se agregaban otros. Comenzamos a
descubrir otros aspectos de Manolito que, sin ser
trascendentales, no dejaban de sorprendernos con aquella
edad. Me refiero a cuestiones físicas. Al igual que su voz
era un prodigio de la naturaleza, su cuerpo era como el de
un atleta, y doy fe de que no se ejercitaba en ningún
gimnasio. Con frecuencia le pedíamos que se quitara la
camisa y nos hiciera una exhibición de sus voluminosos
músculos abdominales y dorsales. Sinceramente, a él no le
costaba mucho trabajo complacernos, y eso provocaba la
envidia de los más escuchimizados.
Sentados en aquel chaflán del obsoleto y decrépito Banco
Hispano Americano, frente a nuestra replaza, contando
cada uno sus historias, llegaba el momento más esperado:
escuchar las canciones con las que nos deleitaba Manolito.
Una noche, cuando había cantado un par de canciones y ya
muchos vecinos se asomaban con curiosidad para escuchar tan
buen recital, nos sorprendió una vez más cantando un
Granada que nos dejó entusiasmados. Sólo faltaron los
aplausos, que se compensaron con un respetuoso silencio…
Cuando terminó, como en otras muchas ocasiones, desde el
balcón de su casa, en un quinto piso, se asomó su madre y,
con el cariño que le identificaba, reclamó en voz alta su
presencia:
-¡Manolitooooo…, sube ya a cenar, hijo!
Algunos días después, reunidos en el chaflán de siempre
mientras comíamos unos cuantos pepinillos en vinagre
comprados en la bodega de Justo, posteriormente de Juan,
esperábamos a los amiguetes habituales y comentábamos la
sorpresa que nos había producido escuchar a Manolito. Ese
día se retrasaba porque salía un poco más tarde de su
trabajo y aprovechamos para, entre otras cuestiones,
plantearnos el hacer algo que por entonces estaba muy de
moda entre los adolescentes: formar un conjunto musical. Con
el único que contábamos era con Manolito, sin él saberlo,
pues los demás no teníamos ni idea de tocar un instrumento,
como no fuera la zambomba. Poco a poco se iba incorporando
el resto de la pandilla y entre ellos nuestro artista. Nos
faltó tiempo a unos y otros para explicarle nuestra genial
ocurrencia. La verdad es que la idea no le desagradó, pero
nos miraba algo sorprendido, con cierta ironía, como
pensando: ¿y quiénes de éstos serían los músicos? Sabía
perfectamente que en el grupo de amigos, en aquella época,
nadie se interesaba por las claves y escalas musicales. Por
ejemplo, lo más cerca de un instrumento musical que yo había
estado era de una guitarra española que tenía mi hermana
colgada en su habitación. Como mucho, alguno de nosotros
tenía un familiar músico profesional, por ejemplo el padre
de Vicente o el hermano de Arturo. Así que, de no encontrar
una solución con rapidez, nuestro proyecto se podía ir al
garete tan fácilmente como surgió la pregunta: ¿por qué no
formamos un conjunto?
Precisamente allí estaba quien nos iba a aportar la solución
a nuestro problema. Paquito Ramón trabajaba por aquel
entonces en una empresa muy importante de chapas y tableros
que se llamaba Villarrasa. Nos dijo que tenía un compañero
de trabajo que tocaba muy bien la guitarra: se llamaba Félix
Sánchez y vivía por la Avenida del Cid. Si queríamos, podía
comentarle el asunto y, de estar interesado, presentárnoslo
en el momento que fuera posible. Todos estuvimos de acuerdo.
Entonces, muy acertadamente alguien opinó que con sólo uno
que tocara la guitarra y Manolito cantando, aquello era más
un dúo que un conjunto. Ciertamente, tenía razón, pero
nuestros contactos se habían esfumado y no conocíamos a
nadie más. Así que, tras un breve silencio en el que cada
uno pensaba cuál podría ser la solución, me tiré al ruedo
lanzando un farol con más rostro que vergüenza,
asegurándoles que un ligero conocimiento de guitarra sí que
tenía, y que, si el tal Félix era tan bueno como lo había
dibujado Paquito Ramón, seguro que no tendría inconveniente
en enseñarme lo que pudiera, y yo por mi parte aprendería
todo lo necesario con mis elementales aptitudes y mucha
voluntad…
Parece que les convencí. Bueno, tampoco había otras opciones
mejores, por lo que los demás no pusieron inconvenientes. Al
fin y al cabo, se trataba más de un juego o una aventura de
jóvenes que de un proyecto serio.
Unos días más tarde, nuestro enlace Paquito Ramón, tal y
como había prometido, nos presentó a quien todos esperábamos
con impaciencia, a su compañero de trabajo Félix que, cómo
no, apareció con su guitarra española bien resguardada en
una funda de material plástico impermeable.
Tras saludarnos, conocernos un poco y hablar de nuestro
común proyecto musical, se dio cuenta de que el único con
idea y conocimientos musicales era él. Le pedimos que tocara
algo, y con cierta timidez y mucho mimo extrajo su guitarra
de la funda. Con dedos firmes y seguros comenzó a hacer
sonar aquel instrumento que sin lugar a dudas sabía manejar.
Entre solos y acordes brotaban fácilmente las melodías
deseadas. Nosotros prestábamos mucha atención, contentos si
al final lográbamos que aceptara formar parte del conjunto
que se estaba fraguando.
Félix entona una canción acompañado por su guitarra.
Manolito, que se sabe la letra, comienza enseguida a
cantarla.
-¡Qué maravilla…!
Por primera vez escuchamos a nuestro amigo cantar con
acompañamiento musical. El aspecto ligeramente escéptico que
presentaba Félix minutos antes da un giro de 180 grados.
Está sorprendido por la voz de aquel muchacho del que tanto
le había hablado su compañero de trabajo. A continuación de
esa canción viene otra, y alguna más. Los que estamos allí
presentes no podemos disimular nuestra alegría. Se vislumbra
que algo muy bueno está comenzando a cocerse…
-Bueno, y… ¿quién es el otro que toca la guitarra?-,
pregunta Félix.
Algunos miran hacia mí, y Malmierca me señala.
-¡Boro, al menos eso es lo que dice él…!
Se escuchan algunas risitas, y salgo al quite.
-Mira, tocar, lo que se dice tocar…, pues no, pero si estás
de acuerdo y no te importa, me gustaría que me enseñaras…
Félix se quedó mirándome fijamente. No sé lo que pensó, a lo
mejor que yo tenía mucha cara, pero lo cierto es que en
aquel momento hubo cierta sensación de complicidad entre
ambos. A partir de entonces no sólo me enseñó a tocar todo
tipo de acompañamientos, sino que nos hicimos muy buenos
amigos. A fecha de hoy, afortunadamente nuestra amistad aún
perdura.
Así nos pusimos de acuerdo. Estábamos felices porque
adivinábamos el horizonte de nuestros sueños. Los tres, como
atrevidos mosqueteros, seríamos los que formaríamos nuestro
deseado conjunto. Sólo había un pequeño inconveniente. Félix
tenía su casa por el principio de la avenida del Cid, muy
lejos de nuestro barrio. Entonces nos parecía que viviera al
otro extremo de Valencia. Eso le representaría muchas
dificultades para trasladarse junto a nosotros, ya que
habíamos fijado como centro de reunión y campo de
operaciones nuestras calles en el barrio de Sagunto. No
obstante, la ilusión y las ganas de iniciar aquella
fantástica aventura pudo más que la distancia. No sé cómo se
las arregló pero, entre autobuses y tranvías, día sí, día
no, finalmente el estilizado Félix, con su guitarra, acudió
a practicar, a darme clases y consensuar con Manolito las
primeras canciones que formarían parte del repertorio del
futuro conjunto.
© 2007, Salvador Aranda Navarro - Todos
los derechos reservados.
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